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Tuesday, May 09, 2006

El Codigo Da Vinci o el éxito mediocre

Leí El Código Da Vinci a comienzos del 2004. Por curiosidad. Al principio me impresionó el tema, pero a medida que pasaba las páginas poco a poco comenzó a decepcionarme su autor. El Código Da Vinci es un libro mal escrito, o mejor dicho escrito a la rápida para entregarlo rápido a la imprenta y comenzar a ganar dinero. Quizás Dickens podía darse el lujo de escribir apurado sus novelas por entregas, pero Dan Brown no es Dickens. Como escritor no le llega ni a los talones.

¿Y acaso eso importa tanto? Por supuesto que importa. Si escribo una novela de 400 páginas y la tensión narrativa se me acaba en la página 301, todo el resto de la novela resulta ser puro relleno, y eso quiere decir que soy un escritor mediocre. Y eso es lo que le pasa a Dan Brown. Es un escritor mediocre que para salir de su mediocridad, o quizás mejor dicho para esconder su mediocridad, escribe sobre temas que van a ser causa de discusión general. Es seguro que su nombre va a estar en boca de todos. Pero su mediocridad como escritor le juega una mala pasada y revela lo más importante de la trama cuando al lector aún le queda un tercio del libro por leer. Porque si ya sabemos el desenlace de la trama que afecta al personaje divino, ¿qué importa cómo términan las pequeñas e insignificantes historias de los personajes humanos del libro?

Es una cuestión que cae por su propio peso.

¿Más pruebas de la mediocridad de Dan Brown como escritor? Aquí van dos: su personaje el albino sicópata a ojos del lector es una mezcla de Hulk y del villano Mandíbula que salía en las películas de James Bond. O sea un personaje sacado del comics de superhéroes y de la etapa en que James Bond más se aproxima a la comedia. ¿No podía haber inventado Dan Brown un personaje más creíble? ¿Más aterradoramente humano?

Por otro lado, el estilo narrativo de El Código Da Vinci cae en el folletín barato, por ejemplo en los instantes en que es revelado el misterio, el narrador dice (y cito de memoria y casi textual aunque seguramente mejorando el original):

y afuera el viento hacía que las desnudas ramas de los árboles golpearan los cristales de las ventanas

Si leemos esto ¿frente a qué nos encontramos como lectores? ¿A una escena sacada de una película de Boris Karloff? Es decir ¿una escena de terror repetida mil veces y por eso mismo ya ingenua para comienzos del siglo XXI? ¿Es eso lo mejor que puede hacer Dan Brown en el climax de su obra más importante? ¿Transformarla en folletín acartonado? Tan sólo pensemos cómo habría escrito la misma escena el maestro Stephen King. ¿Por qué citar a Stephen King? Porque a veces las comparaciones son útiles y porque lo más valioso que tiene un lector es justamente su experiencia como lector, y el maestro Stephen King forma parte de mi experiencia como lector.

¿Cómo saber qué es bueno y qué es malo o mediocre en materia de lectura? Solamente hay dos modos de saber: acudir a nuestra experiencia personal como lectores o bien confiar en la experiencia y el criterio de lectores experimentados, los llamados críticos.

Según estas dos fuentes (yo lector y críticos experimentados cuyas opiniones he leído) El Código Da Vinci es una obra mediocre. No vale el dinero que se gasta en ella al comprarla, ni el tiempo que nos toma leerla.

La conclusión de todo esto es leamos, leamos, leamos, pero cultivando nuestro criterio como lectores. Ahí están Dostoievski, Tolstoi y los demás autores rusos con todas sus exploraciones de los claroscuros del alma humana, listos para ser leídos. Ahí están Hermann Hesse, Henry Miller, Somerset Maugham, Marguerite Yourcenar, escritores inteligentes, libros interesantes a veces corrosivos pero siempre humanos. Leamos sus libros y nunca olvidaremos la huella que dejan en nuestros espíritus.

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